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30 sept 2012

La fábula del funcionario malvado

Dedicado a todos los funcionarios-as que  han dedicado parte de su tiempo y dinero en preparar unas duras oposiciones, para tener un trabajo digno.....

Erase una vez una nación dónde todo el mundo era feliz, donde un nene semianalfabeto sin la ESO se ponía a apilar ladrillos y ganaba 4000 euros al mes, dónde los ministros se entretenían encargando estudios estúpidos sobre la reproducción de la lagartija espongiforme, dónde a los políticos les regalaban trajes que estrenaban en puticlubs (estos con gastos pagados por el ayuntamiento de turno), dónde existían traductores en el Senado, dónde todo era feliz y feliza (por aquello de la igualdad).

Pero en este bonito país no todo era perfecto, había un malvado llamado "El funcionario", tuvo que sacar unas duras oposiciones, vago entre los vagos, tomador de cafeses y fumador de cigarros, de trato desagradable, forrado (ganaba unos 1.000 a 1.200 € al mes) y sinvergüenza, que vivía de lo robado a los honrados banqueros y políticos, a los honrados curritos que no defraudaban (curritos que sólo preguntaban por facturas con IVA o sin IVA).

Pues bien, en este país nuestro protagonista, el de los 4.000 euros/mes, era un tierno obrero llamado Jonathan salido de un instituto sin aprobar ni el recreo  a los 18 años y que al volver  un día del tajo decidió comprarse un BMW serie 3 (Pack Sport con llantas, que tunea con fluorescentes y un equipazo de música subwoofer incorporado) ademas de un chalecito adosado. 

En el banco, el señor director generoso y muy amable le prestó el dinero sin ningún problema y además mejorando la petición con un incremento del préstamo, es decir mas dinero,  para que se diera un homenaje en la Rivera Maya.

Pasó el tiempo, evolucionó el negocio de la construcción y un mal día a Jonathan lo echaron del trabajo, ¿con qué iba a pagarse sus vicios? Y sobre todo, ¿su BMW? 
Mientras.... el malvado funcionario seguía trabajando en la sombra, envidioso él de nuestro amigo Jonathan, que no tiene estudios y dilapidaba los euros que ganaba.

Apurado, Jonathan fue a ver al Sr. director del banco que, muy simpático él, no pudo ayudarle a pesar de que se desvivía por los necesitados. El Sr. director, compungido, al ver que Jonathan no podía pagar, y sobre todo que el banco no cobraba y no ganaba dinero, fue a ver a los magos buenos del Gobierno, que con papá Obama y mamá Merkel decidieron que esto no podía seguir así.

La solución estaba clara, salvar a Jonathan como se buscó al soldado Ryan, caiga quien caiga. ¿y quien cae? ......el malvado, envidioso e inútil funcionario al que se le baja el sueldo y se le incrementan las horas de trabajo (por aquello de la productividad, es decir para que tengan mas horas de tomar cafeses y fumar cigarros).

Resumen-Secuencia:
- Jonathan no paga lo que debe al banco. 
- el banco no cobra y le pide pasta al Gobierno.  
- el Gobierno le da la pasta al banco quitándosela al funcionario.  
- el BMW y la casita lo paga el funcionario con sus recortes de sueldo.

¡COÑO, QUÉ BONITO! HASTA SE ME HAN SALTADO LAS LÁGRIMAS. DEBERÍAMOS CONTARLA DIARIAMENTE EN EL COLEGIO...

29 ene 2010

La crisis crea miles de opositores

La incertidumbre en el empleo dispara el número de aspirantes a trabajar en el sector público, pero no siempre las oposiciones fueron iguales.

En las décadas de los 60 y 70, en una situación política en España muy distinta a la de ahora, hago esta observación para que comprendáis un poco mejor la diferencia con la actualidad, las oposiciones eran muy distintas.

Para los que se presentaban en aquella época para una plaza de personal administrativo en Ministerios Civiles o Militares no existía temario para opositar ya que no había suficiente material para ello (evidentemente ni existía Constitución ni Comunidades Autónomas ni Estatutos, etc.) y las pruebas consistían en un examen de “Cultura General” en el que se metía todo: ortografía, matemáticas, geografía, literatura, etc. y otras dos pruebas que eran un texto dictado para tomarlo a taquigrafía (10 minutos dictados a una velocidad que oscilaba entre 80 y 100 palabras por minuto) y que después había de transcribir en máquina de escribir en un tiempo máximo de 30 minutos y el tercer ejercicio era una prueba de velocidad en máquina de escribir mecánica (mínimo 250 pulsaciones y te quitaban 3 pulsaciones por cada error y no se podían superar los 20 errores) y la cual tenías que llevar tu.

La transparencia de las pruebas era una quimera y quedaba muy bonito el realizarlas aunque de todos era bien sabido que como hubiera tantos “enchufados” como plazas, las opciones de los demás se reducían a cero.

Se veía cada cosa que ahora por mil motivos menos se impugnaría toda una oposición.

En aquella época los Ministerios que eran, se puede decir, los únicos organismos oficiales que existían cuyo acceso se hacía “supuestamente” por oposición (o a dedo, pues había de todo) estaba lleno de personas cuyo único mérito era sus amigos y su ideología política. La mayoría de los ordenanzas, que era la categoría superior de personal subalterno, eran jubilados del ejército.

Os comentaré que no aprobé ninguna de las oposiciones a las que me presenté en aquellos tiempos. Sin querer entran en detalles sobre las causas, os diré que no era de las personas que dispusieran de las influencias necesarias como para tener los “suficientes conocimientos” para aprobar.

Con este relato lo que os quiero trasmitir es que a pesar de las dificultades que existen en la actualidad a la hora de presentarse a unas oposiciones, la realidad es que los que se presentan lo hacen en igualdad sin que, como antaño, existan factores externos que condicionen el aprobar una oposición (aunque me imagino que todavía exitirá algo de "enchufismo").